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El Espantapajaros



Hubo una vez un espantapájaros sin nombre que vivía solo y triste. Solo y triste porque, al estar hecho de paja y con ropas viejas, todos huían de el (sobre todo los pájaros, algo que él en su inocencia no entendía). El pobre espantapájaros se veía y sentía como un bicho raro en un mundo que el no entendía y que no quería entender, pero al mismo tiempo envidiaba por la felicidad que el presenciaba. Pasaban días y noches en los que esperaba que en algún momento llegara alguien como él para compartir esa soledad que le adormecía el pecho, pero parecía que Dios nunca prestaba atención a sus pedidos y oraciones. Y así, llego un invierno más a su vida.

Los inviernos para el espantapájaros eran horribles, parecía que nadie se preocupara en aquel hombre hecho de paja y trapos que temblaba fuera de la calidez de un hogar. Entonces, una tarde en que el frio no era lo suficientemente fuerte para evitar que los niños jugaran en los alrededores de sus casas, un niñita se sentó junto al espantapájaros y empezó a jugar con la nieve. La jovencita armaba un cuerpo blanco bastante lindo, según el espantapájaros. Una cabeza se asomaba en esa divina construcción hasta que finalmente fue terminada: una lindísima muñeca de nieve. La niña contempló su obra maestra y se fue, riéndose y saltando, sin decir más.

-      ¿Hola? - pregunto tímidamente el espantapájaros a la  bella visitante

-      Hola… - dijo la muñeca, que parecía despertar de un largo sueño - ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

-      Yo me llamo… no se, la verdad es que no tengo un nombre. ¿Tú tienes uno? – le dijo a la muñeca, mientras no podía dejar de mirarla con cara de bobo.

-      No, no tengo uno. Pero quiero llamarme Emily – dijo sonriendo.

-      ¡Oye! ¡Que lindo nombre! ¿Pero porque ese? – dijo el espantapájaros que poco a poco empezaba a sentirse enamorado.

-      No se, es mío, no te importa – dijo la muñeca, fría como toda mujer hecha de nieve mientras movía su cabeza en dirección contraria a la del espantapájaros – ¡Chau!

El espantapájaros y la muñeca de nieve estaban cerca geográficamente, pero no hablaban ni se miraban. Sin poder explicarlo, el hombre de paja se enamoro de una mujer de nieve de la cual no sabía nada excepto su nombre. Emily evitaba mirar al espantapájaros, no le generaba confianza ni buena vibra a pesar que él no le había hecho nada. Un día, el espantapájaros encontró una rosa que trataba de esconderse del frio e intento dársela a Emily, la cual simplemente ignoro el gesto y siguió mirando al horizonte opuesto. El mismo rechazo sufrieron todos sus otros intento de regalo: una mariposa que se poso en su mano, un lazo rojo que había sido olvidado, una piedrita en forma de corazón y tantas cosas mas que terminaron enfriándose en el suelo.

-      ¿Por qué no podemos ser amigos? – dijo el espantapájaros un día que se armo de valor.

-      ¡Porque no quiero! – contesto Emily, sin dignarse a mirarlo

-      ¿Por qué no podemos entonces, tan solo conversar?

-      ¡Porque no quiero!

-      ¿Por qué no recibes aunque sea uno de mis obsequios?

-      ¡Porque no quiero!

-      Esta bien… - dijo el espantapájaros, resignado y triste, sintiéndose un completo baboso.

Una noche en la que el espantapájaros ya se había dormido, Emily converso con una de las ardillas que pasaba siempre por esos lares. La ardilla, curiosa al ver tantos regalos tirados en la nieve, le pregunto:

-      ¿De quien es todo eso?

-      De ese espantapájaros que ves ahí dormido, me los ha dado pero yo no los quiero, son feos como él – dijo Emily, poniendo voz gruesa y firme.

-      A mi me parecen bonitos. ¿El esta enamorado de ti no?

-      Eso creo, pero no me importa. No me importa nada que tenga que ver con él – dijo esta vez, con mas tristeza que firmeza.

-      Mmm, ¿en serio? – pregunto la astuta ardilla – No te creo, pero solo te diré algo, dale una oportunidad. Date una oportunidad.

La ardilla se fue, y dejo pensativa a Emily. Ella veía en el espantapájaros mucha ternura aunque jamás lo dijera y no podía negarlo, a veces sentía una calorcito inusual en el area donde nosotros tenemos el corazón cuando el le hablaba. Así fue, que la mañana siguiente, ella lo despertó cogiéndole la mano.

-      Tienes que tener un nombre para poder decirlo junto al mío

-      Yo…yo… - trataba de armar frases, pero el espantapájaros estaba nervioso y feliz, nerviosamente feliz – Yo quiero llamarme  Esteban.

-      ¿Por qué Esteban? – pregunto esta vez Emily con curiosidad

-      Porque…suena lindo cuando lo dices junto a Emily

Esteban y Emily se  besaron y fue el primer beso de ambos y a pesar de no conocer lo que era eso, lo disfrutaron por varios segundos. Pero sorpresivamente, los primeros rayos de sol atravesaban la opacidad del invierno. Emily lentamente se volvía un charco de agua mientras Esteban la miraba horrorizado, preso del pánico y de la desesperación.

-      Emily… no te vayas – dijo con el corazón roto, pero Emily no le hizo caso y simplemente se fue.

El espantapájaros lloro por días y noches, y tal fue su llanto y su dolor, que cuentan que los pájaros que cruzaban su cielo, dejaron de tenerle miedo y se posaron sobre el, para decirle “Lo sentimos". Pero Esteban, el espantapájaros, jamas dejo de llorar.

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