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"Chicas Malas" Capitulo Veintiuno: La Chica de los Pies Adoloridos


Tienes la culpa de este bolero que se ha adueñado de mi. No he visto blue más azul que cuando miras tú. 

Tú, Jorge Drexler. 



- Me duelen los pies.

Acabas de llegar y ya hay un dolor que te absorbe. Que te recoge. Debe ser porque estas en sandalias y has caminado algunas cuadras de prisa.

 - Mira, de allá a la derecha, hasta la pared color pastel, luego doblas hasta chocar contra la esquina y doblas otra vez. 

Y solo te pregunte cuanto habías recorrido para llegar hacia mí. Y si suena bonito, no es culpa mía.  Son las circunstancias. O es esa ternura que despierta conmigo a veces los domingos.

Y caminamos…

Me cuentas de la gente con la que trabajas, de los buenos, de los malos y de los fantasmas. De una "fantasma rubia", extraño juego de palabras, que te jala el mouse en las noches. Te da miedo ese fantasma, pero más miedo te da que te roben. Entre otras cosas.

Y nunca has tomado, presumes. Nunca has tomado pero has probado Ron Sour, una variante de fresa con pisco cuyo nombre no conoces y el vino de los almuerzos. Pero nunca te has emborrachado, ni en tu quinceañero, aunque tus familiares insistían.

- Yo no tomo pues. Yo solo pruebo.

Y te creo.  No puedo evitar que suene burlón, no puedo evitar sonreír.

Te sorprendes cuando ves a varios niñitos caminar de la mano, cuando ves globos rojos y de los helicópteros que no vuelan. Y te asustan los turistas que toman fotos en el parque. A mi me da miedo, por ejemplo, que no se repita esta conversación. 

 - Tómale una foto a ese árbol.  Yo lo he visto en la noche, y el cielo se pone bien azul y sus hojas bien verdes. Parece una acuarela.

Y preferiría tomarte una foto a ti, pero igual tengo a ese árbol guardado en la cámara. 

Luego casi te caes dos veces. Te hizo gracia que me ria de tu desgracia, reímos juntos.  De hecho, me he reído mucho contigo en solo una mañana. Cada cierto tiempo, eso me pasa.

Cuando llegamos al final del camino, te vas. Y retengo cada chiste malo tuyo, cada empujón. No te retengo a ti porque soy cobarde. Antes de que te vayas del todo y me dejes solo conmigo dos veces, me dices algo bonito e invisible.

- Ya no me duelen los pies

Los dos somos dos cajitas de sorpresas. 





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